
Es una bonita metáfora, Jupiter deja que su superficie sea bombardeada constantemente por artefactos que pensaban morir en nuestros mares o nuestras estepas, para que tú y yo podamos respirar y mirar al cielo, contemplar las estrellas y sentirnos dentro de una armonía infinita.
Vengo de un fin de semana en el campo, allí donde una rata de ciudad como yo se deja sorprender por la belleza y naturalidad del entorno y sus acompañantes. Parece que respirar su aire paraliza el tiempo y se te abren los sentidos, parece que oyes mejor, que ves más cosas, que descubres olores nuevos, parece, que despertar por la mañana y mirar al sol te hace sentir parte de algo mágico.
En el campo hay animales, hay ciclos que aún se respetan y aprendizajes que se te pasan por la vista y casi no les prestas atención. A veces me siento incapaz de sentirme integrado con la naturaleza, me llevo mi contaminación ciudadana al monte y eso hace que tropiece con barreras que yo mismo me pongo. Es cuestión de tiempo adaptarse a la vida rural, yo me veo allí en el futuro, sin maldecir cuando se acercan las abejas o cuando piso una mierda de vaca. Eso forma parte de la vida del campo y pensándolo bien es mejor que un atasco en la gran ciudad o que te toque un botellón en la puerta de tu casa.
Con el tiempo vas encontrando nuevas prioridades, vas buscando alternativas a tu vida y vas intuyendo lo que te hará feliz. Mientras tanto, intento aprender de la naturaleza y su funcionamiento, sus normas y su forma de comunicarse con nosotros.
Cuando estés lejos de la ciudad y la noche esté estrellada mira al cielo. Júpiter sigue ahí arriba, mirando lo que hacemos y preguntándose: ¿qué coño están haciendo los terrícolas con el planeta azul?


